Hablé con mis aliados en la playa. Isgarren parecía estar sufriendo cierto mareo, mientras que un taciturno Canach no hacía más que darle vueltas a la pérdida del Martingala. Rytlock estaba deseando entrar en acción y Sayida dirigía el tráfico, ayudando a las tripulaciones supervivientes de ambas embarcaciones a recuperarse de tan traicionero viaje.
Comencé explorando la zona para conocer un poco el terreno. Era un lugar precioso, rebosante de magia; rocas que desafiaban la gravedad, bancos de arena luminiscentes, cataratas brumosas... Nunca había visto cosa igual.
Según exploraba, observé montones de barcos naufragados y me topé con los suministros del Martingala arrastrados a tierra por las olas. La magia que se respiraba allí no se parecía a nada que hubiese experimentado con anterioridad, aunque con un toque familiar que no era capaz de identificar. Desde el elevado pico, vislumbré lo que parecían ser habitantes locales.
Llevé todos los suministros que fui capaz de reunir a nuestro improvisado campamento. Canach esperaba cosas de más valor, pero Sayida dio buen uso a aquello con lo que contábamos. Según terminé de repartir los suministros recuperados entre los heridos y de ayudar a la tripulación, una náufraga llamada Westergard se aproximó. Sayida trató de hacer migas, pero Westergard no se prestaba en absoluto. No era precisamente... muy amable. Más dura que las garras, la tipa.
Westergard insistió en que yo fuera a hablar con el alcalde de la aldea cercana. Sin nadie más.
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