Entramos al Reino del Tormento buscando las almas atormentadas que había ancladas dentro. Respecto a anteriores experiencias con la Niebla, nuestro grupo era bastante dispar; mientras que los brujos estaban totalmente familiarizados, era la primera vez que Flecha Serena se adentraba en este lugar de pesadilla. En todo caso, el entorno consiguió ponernos a todos alerta. Para ahondar en el desasosiego, había manadas de demonios vagando por aquel abismo yermo.
Por fin, tras recorrer ese lugar infernal, localizamos tres almas del Manto Blanco. Cada una de ellas estaba fusionada con una entidad demoníaca, un claro indicador de cómo se habían originado los tres titanes. Nos enfrentamos a cada una de las almas atormentadas, debilitándolas hasta su estado más vulnerable para maximizar la eficacia de los hitos. Las malvadas provocaciones de las almas hicieron que resultara sencillo superar cualquier tipo de compasión que pudiera suscitarnos tener que ensañarnos con ellas. Por último, tras un esfuerzo ímprobo, logramos liberarlas a las tres.
Cumplido nuestro cometido, regresamos a donde estaba Mabon, que se preparó para sellar la puerta de la Niebla desde dentro de forma definitiva. La despedida resultó muy emotiva. Fue muy gratificante ver a Tristeza Latente tener al fin la oportunidad de decir adiós en condiciones. En cuanto a Isgarren..., en fin, desplegó la expresión de afecto por una amistad más genuina que nunca le habíamos visto tener. Le di mi palabra a Mabon de que confiaría en Isgarren mientras proseguíamos con nuestra labor por el bienestar de Tyria, y lo hice de corazón. Con aquello, Mabon tomó el cetro de Orr de una resignada Livia que sabía que así debía ser y selló la puerta de la Niebla. Fue una separación tan dolorosa como la original, solo que esta vez teñida del agridulce cierre que supone poder despedirse.
***