Mientras la tormenta arreciaba en el exterior, la garra observaba a su gente. Los osunos estaban apiñados para darse calor, las tripas les rugían y se adivinaba preocupación en sus miradas. Pero el viento era demasiado feroz y la nieve demasiado densa para cazar. Al ver a los cachorros tiritando de frío, tomó la decisión: conduciría a su pueblo al sur, lejos del peligro. No podía seguir aguardándola.