Lychnis tenía pensado matar al hechicero malvado. ¡Ni siquiera necesitaba ayuda! Lo haría todo ella sola, porque no podía fiarse de que el rey o los aldeanos hicieran nada. Era algo que debía hacer ella.
Finalmente convenció a uno de esos patanes de que le dijera dónde se hallaba la cabaña de Sumac. Estaba resguardada en lo más denso del bosque, justo a las afueras del pueblo. Planeó entonces su ataque: llamaría a la puerta haciéndose pasar por una mercader itinerante. Le vendería hierbas; las más selectas, recolectadas en los confines más recónditos de Tyria. Sí, a él eso le encantaría.
Cuando al fin llegó el momento, Lychnis atravesó las tortuosas hiedras y el frondoso follaje que custodiaban el refugio del hechicero hasta verlo: pequeño, sencillo. El tejado estaba recubierto por un espeso manto de musgo, y el fulgor de una leve llama parpadeaba por debajo de la puerta de entrada. Lychnis se acercó a la modesta cabaña procurando no hacer ruido. Se subió a una piedra grande junto a la ventana para asomarse al interior.
Nada. Oscuridad. Todo, pero nada. El mundo girando, girando... giran... Lágrimas y rabia. Miedo a lo desconocido. Duelo y pesar. ¿Dónde estoy? ¿Quién eres?
No, perdona. ¿QUÉ eres?