Querida mía:
Yo era una humilde pescadora y barquera. De esforzarme tanto en el trabajo, los callos se me habían puesto tan gruesos que apenas sentía el remo entre los dedos. Y, entonces, apareciste tú... de pie en el muelle, con el pelo recogido para que no lo alborotase el viento.
El día que tu prometido me contrató para que os llevase remando a dar una vuelta bajo la luz de la luna y las estrellas, quedé cautivada por tu belleza y tu elegancia.
Y, luego, en estas últimas semanas, tú misma me contrataste para que te acercase a los islotes que hay frente a la costa, donde sacaste el lienzo y las pinturas... La forma en que tu mirada me abarca por completo mientras empujo el remo entre las olas... Las historias que me cuentas sobre tu vida, tu infancia, tu estancia en la corte... Tus cuitas respecto a tu... situación actual... Seré una mujer simple, pero no tonta. Sé que sientes lo mismo, pero... ¿cómo es posible? ¿Qué puedo ofrecerte aparte de las miradas de deseo que compartimos en aquellos momentos?
Mientras escribo estas líneas, tengo miedo a enviártelas en una carta... Así que vivirán aquí, solas en mi diario. Solas en mis pensamientos. En mi corazón. Enjauladas.
Me alegra pensar que volveré a verte pero, con todo, también me causa un dolor como nunca había sentido.
Mi tímido corazón es tuyo para siempre.
—Mako