Guild Wars 2 Base de datos

La historia de los Olmakhan empieza con los charr de antaño, pues hubo un tiempo en que éramos iguales a ellos. Los primeros olmakhan no nacieron en el seno de nuestra familia, sino que eligieron serlo. Nuestros primeros benefactores y ancianos nacieron y se criaron como todos los charr: unos padres despreocupados, un fahrar inflexible y una escuadra implacable; entrenados para combatir, para matar y para ganar. Pero incluso esos espíritus salvajes tenían lazos entre sí, lealtades más allá de uno mismo y aprecio por el bien de la mayoría por encima del individuo. Lo que importaba era la escuadra, no un soldado. De hecho, no tener escuadra, que era lo más parecido a una familia, era vivir en un vergonzoso aislamiento. Para los primeros que se convertirían en los Olmakhan, la Legión de la Llama primaba sobre las de Sangre, Hierro y Ceniza. Eran incomprensiblemente despiadados y los impulsaba una insaciable sed de poder sobre todos los seres vivos. La voluntad de la Legión de la Llama impedía que madres e hijas charr empleasen armas o magia, pues sus chamanes temían con razón que eso sería su perdición. Aunque esas madres e hijas podían controlar el mismísimo cielo, la Legión de la Llama las consideraba inferiores a los padres e hijos en el campo de batalla. Bathea Heraldo del Caos, mártir de todos los charr sensatos, fue la primera en ver más allá de sus mentiras. Y no sería la última. Durante generaciones se produjo un desequilibrio en la sociedad charr. La Legión de la Llama culpaba a los humanos, pero quien tuviera ojos para ver tenía claro que nuestro pueblo se había convertido en su peor enemigo. Incluso aunque no hubiese humanos, los charr seguirían luchando. Su visión del mundo estaba plenamente construida alrededor de la dominación y la guerra. Siempre habría otro rival, siempre habría otro enemigo al que vencer, hasta que se lanzasen unos contra otros y no quedase ninguno vivo. Durante años, nuestros benefactores cayeron en la desesperación. ¿Cómo se podría salir de aquel interminable ciclo de muerte y destrucción? Y entonces empezaron a circular las historias. Historias de rebelión. El nombre de Pyre Disparoferoz se pronunciaba en susurros por temor a que lo oyese la Legión de la Llama. Había colaborado con los humanos para salvar nuestro mundo, para evitar que los falsos dioses de la Legión de la Llama destruyesen todo lo que nos importaba. Sangre, Ceniza y Hierro iniciaron su acercamiento, y una alianza acabó tomando forma, pero las sospechas del pasado seguían teniendo un gran peso. Las dudas llevaron a la complacencia a las tropas, y se convirtieron en presa fácil para la Legión de la Llama. Se oyó hablar de revolución durante muchos años, se oyó hablar de la inminente lucha por la libertad. Hubo destellos de esperanza, pero cada vez la Legión de la Llama reunía sus fuerzas y los extinguía. Y, en este tiempo de gran inquietud, cuando parecía que la influencia de la Legión de la Llama calcinaría toda esperanza, empezaron a oírse las palabras de Kalla Navajachamuscada, cachorra nieta del afamado Disparoferoz. Sus palabras transmitían las ideas que la Legión de la Llama buscaba expurgar: la libertad para las madres y las hijas de los charr; la alianza de Sangre, Ceniza y Hierro; que nuestro pueblo solo sería libre acabando con las antiguas costumbres. Algunos charr las consideraron la señal para alzarse y luchar. Pero nuestros antepasados ya habían visto esto muchas veces: las luchas engendran más luchas, la violencia engendra más violencia. Otra vez el mismo ciclo. Y, así, quienes acabarían convirtiéndose en los Olmakhan huyeron de las tierras ancestrales de los charr. Huyeron de Ascalon. Huyeron de las legiones. Huyeron de la Llama.