Guild Wars 2 Base de datos

Una ocasión emotiva, la de hoy; una sobre la que me gustaría reflexionar con más intimidad. Sentada bajo las ramas del Bosqueprofundo, estas serán mis últimas palabras por escrito antes de abandonar Castora. Aún recuerdo mi primer día. Había asumido mi cargo en la forja poco después de recorrer el Camino del Peregrino y superar las pruebas del divitium nava en el templo mayor. Mis hermanos pequeños observaban aquel ambiente ceremonioso con la mirada nublada por el orgullo y la envidia mientras yo estaba en pie en el círculo de iniciación. Les habían concedido el gran honor de acompañarme en la isla mientras yo atendía mis obligaciones; mi valedor quería que velase por ellos si él perecía. Las grandes sierpes de este mundo se ocuparon de ello. Casi inmediatamente, Sidony me había encargado que hiciese inventario de la armería prohibida; una labor poco prestigiosa a menudo asignada a los recién iniciados, pero a mí no me importaba. Era un lugar tranquilo, silencioso, al que podía retirarme en muchas ocasiones para pensar en mis cosas. Ese día, recuerdo contemplar a Torrs Calare como si fuera la primera vez. La inmensa espada fue uno de los primeros elementos sagrados forjados por nuestra gente, mucho antes de que yo naciera, y había acabado con el ego de más de un gigante en los últimos años de la anterior era. Su cortante filo estaba encantado para poder atravesar y cortar el espacio intraplanar, creando fracturas etéreas no muy distintas a aquellas que usan nuestros actuales enemigos para aparecer y desaparecer por aquí. Tras aquello, Torrs Calare había estado expuesta por toda nuestra estrella hasta encontrar descanso aquí en última instancia. El tiempo había acabado haciendo mella en su filo, la última vez que me había fijado. Hubiera podido ser objeto de una restauración muy prometedora, de no ser porque yo iba camino de los bastiones. Pese a todo, no muchos de los objetos depositados en la cámara han dado semejante testimonio de nuestra maestría. Se habían guardado unas cuantas versiones descartadas, a modo didáctico. Aunque nunca criticaría abiertamente la labor del decano —muchas de ellas se habían forjado antes de mi tiempo—, la creación de los báculos gemelos había sido un proceso plagado de pasos en falso y expectativas imposibles. A lo mejor por eso prefiero categorizar a Legavo y Mulmund como parte de la colección anterior de Sidony. Hay que decir en favor del decano que permite que sus errores queden archivados y accesibles para sus camaradas. Muestra un cierto grado de madurez y humildad desconocido en su predecesor; las versiones descartadas de Ancora fueron destruidas, a pesar de estar inertes. Pero Sidony considera tal práctica innecesaria y tal vez de poca ayuda. Hay vestigios del presente, claro está. Mis primeros ejemplares del Dorat Fine también recalaron en esta armería. Un conjunto de cinco hojas forjadas para perforar la armadura dorada de los mursaat y echar por tierra todos sus encantamientos. Haber recibido elogios del decano por esta obra es un gran honor y dará fe de mi imperecedera contribución a nuestro arte. Solo pediría que, con el tiempo, se fabricasen más si fuera posible, una para cada maestro en el frente, pero, ahora que Castora se vacía, yo debo contribuir a ello marchándome también. Por fin, mientras termino de escribir estas últimas palabras como artificiera de la forja, admito que me queda una espinita clavada en el recuerdo. La primera vez que me asignaron la misión de cuidar de las armerías prohibidas, Lasia me imploró acompañarme, pero preferí adherirme a los dictados de nuestros predecesores, los que fundaron este sagrado lugar. Pensaba que mi hermana pequeña acabaría valorando el precedente y el privilegio de nuestras tradiciones cuando al fin le tocase someterse al divitium nava, pero fue una posibilidad que se nos negó, que se le negó a ella, al final. Nunca pudo hilar magia ley pura en la forja y nunca vio las armerías. Ojalá se las hubiera enseñado.