Llega otra oleada de ellos y los gritos continúan; gritos lastimeros y horribles resonando en cada muro. Y aún más de esos desvalijadores hacen acto de presencia, persiguiendo la promesa de un tesoro que Kuda pone ante sus ojos, tentándolos. ¿Qué clase de avaricia podría motivarlos? Los que tienen suerte son aniquilados rápidamente, empalados por pinchos o atomizados por magia ancestral. Los que no, sufren una muerte lenta a lo largo de horas, sollozando en la oscuridad, implorando un rescate que nunca llegará, rezando por la muerte, mientras su verdugo juega con ellos cual gato con su presa. Intentamos por todos los medios ignorar los sonidos, sabiendo que si los desvalijadores fracasan, seremos sin duda nosotros los que lloraremos con impotencia en el inclemente vacío.
Por la Alquimia, ¿qué hago aquí? Solo quería proseguir con mi investigación sin que el consejo y los institutos me pusieran la zancadilla a casa paso. E, incluso ahora, en la boca del abismo, mi odio por ellos no ha cesado. En mi primer año con la Inquisa, he conseguido más que en una década trabajando al amparo de su sistema, de modo que sí, los odio aún más por dejarme sin elección, por convertir la Inquisa en mi mejor baza.
Me aferro a una vana esperanza: el director no aprueba los métodos de Kuda y su sociedad así lo ratifica a menudo. A lo mejor él ignora las condiciones a las que nos vemos sometidos. Quizá, si puedo dar con algún modo de informarle, haya algo que hacer, aunque lo más probable es que mi tiempo esté tocando su fin.