*Un único extracto de este libro sigue siendo legible*
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... Era el silencio, tal y como Junon observó. Eso debería haberlo alertado.
*Maldito necio*, pensó para sí, flexionando las alas por instinto. *En menudo lío te has metido esta vez*. La trampa de vidente había saltado antes de que él pudiera percatarse de su presencia camuflada en la piedra que había debajo. Había sido sutil. Pragmática. Casi propia de los mursaat.
Los mágicos zarcillos azules lo aprisionaron enseguida, inmovilizándolo contra el frío muro de la antecámara ritual. ¿Tejesombras? No; demasiado temerario mientras la red de espejos seguía a pleno rendimiento. Tampoco se podía confiar ya en las Alas Ocultas. Ahora la clave era la improvisación... y la vida de Junon sería un posible daño colateral.
Por el momento, sentía una fortuita falta de preocupación. Su atención se centró en su captor vidente.
Viaro el Trágico contemplaba a Junon con una gélida satisfacción, con dos de sus cuatro brazos replegados a su espalda. Los otros dos los ocupaba jugueteando con la daga de piedra sombría, como burlándose de Junon por siquiera contemplar la idea de que una reliquia de ese calibre no contara con la debida protección.
Su viejo amigo Viaro. ¿Quién si no? Letal como cualquier asesino vidente. El doble de orgulloso.
"La estás pifiando", señaló Viaro con ligereza. En la comisura del labio podía atisbarse su emoción.
Junon mantuvo un tono despreocupado: "Y tú también", dijo. Le devolvió la sonrisa, aunque permaneciera oculta tras la máscara. "¿Un conjuro de invisibilidad? Uno de los nuestros, sospecho. Pensaba que tu gente despreciaba el subterfugio".
"Lo que de verdad despreciamos es fracasar", siseó Viaro. Su rostro estaba cerca ahora, con todas sus líneas de expresión y sus profundos ángulos. "Mi fhogos hará lo que haga falta para salvar este mundo de tu abyecto caos".
"¿No me digas?", exhaló Junon.
Los dedos de Viaro lograron aferrar las facetas de la máscara de Junon.
Una vez liberados cada uno de los cierres, la mente de Junon se evadió a otros pensamientos. ¿Desde hace cuántos siglos se conocían? ¿A cuántos efectivos de Viaro había aniquilado Junon? ¿Cuántos de Junon habían sucumbido contra Viaro? Al final, solo quedaban ellos, las dos constantes en el mortífero cálculo de la guerra entre sus pueblos.
Las manos de Viaro se retiraron, seguidas de la máscara de Junon. Por primera vez, se conocían de verdad. Mirándose a los ojos.
"Ahí estás", susurró el Trágico.
Por un instante, allí se quedaron, en silencio. Una fugaz eternidad.
*La página tiene la parte inferior arrancada. La forma poco cuidadosa en la que ha sido arrancada denota pasión.*