Guild Wars 2 Base de datos

Mis lechos de tradescantia florecieron el otro día, como era de esperar. Han brotado escasas flores. Los manzanos de la arboleda superior están tardando en dar fruto por segundo año consecutivo y observo una especie de quemaduras amarillas claramente visibles en el tronco y las hojas. Se aprecian síntomas similares de algún tipo de enfermedad en los jardines y las macetas de topiarios del distrito central. Ya he tenido que desarraigar y trasplantar varios especímenes. Traté de recabar respuestas a través del foro pertinente, pero solo obtuve desaires. "No me compete", decía uno; "No es prioritario", decía otro. ¡Qué falta de respeto más absoluta! Mis jardines no pueden ser los únicos que se estén marchitando; hablaré con más gente. --- Ando perdido, con todo tipo de pensamientos cruzándose fugazmente por mi cabeza. Hace unas cuantas tardes, estaba cuidando del huerto de abajo y me sorprendió un sonido. Un kodan y una humana pasaron a toda velocidad entre los árboles, ensangrentados y vapuleados. Detrás de ellos iba uno de los nuestros, que imagino que aspiraba a controlarlos. Los atrapé con un sencillo hechizo para inmovilizarlos parcialmente en el barro, pero no antes de que quien los perseguía prendiera en llamas los árboles, creando un muro de fuego. De los momentos inmediatamente siguientes solo recuerdo... ciertos destellos. Lo abordé y se rio en mi cara. Olía claramente a hematites; tendría residuos de una exposición prolongada. Nada ni remotamente fatal, y menos para nuestra gente, pero suficiente para embriagarlo, para nublarle el juicio. Escuchaba los sollozos de los cautivos de los experimentos, parcialmente enterrados, marchitándose. Se dirigió a ellos y un ardor inexorable se apoderó de mis pensamientos. Había visto anteriormente a prisioneros por la ciudad, yendo de un lado a otro, incluso por mis jardines. Siempre a cierta distancia. Esto... era demasiado. Demasiado... íntimo, demasiado cruel. Sufrían sin remedio, como las plantas de mi jardín, así que obré como hubiese hecho cualquier jardinero. Me deshice de la podredumbre y le atravesé el corazón con mi pala de acero de Deldrimor. Cuando volví en mí, enterré el cadáver. Fue sencillo. Los prisioneros están en mi casa, aseándose antes de poder curar sus heridas. ¿Qué he hecho? --- Escribo desde detrás de los pinos que hay en las borrascosas orillas de Gravis Janthir, observando cómo el kodan y la humana se adentran en la bruma de la mañana, con la luz de su farol desvaneciéndose con cada paso. No sé si sobrevivirán y no espero enterarme. Ni les he preguntado cómo se llamaban; no venía a cuento. Y tampoco les he desvelado mi nombre, y no creo que ellos quisieran saberlo. Los he alimentado y abastecido generosamente durante unos cuantos días mientras se recuperaban. El osuno fue el que más agradecido se mostró. Se volvió más hablador. La humana permanecía callada, como atormentada. No era capaz de mirarme a los ojos y... no la culpo. Hasta que los guie fuera de la ciudad no la escuché hablar, dirigiéndose a su compañero. Ya he limpiado mi pala una docena de veces, pero las manchas de sangre no salen. Y puede que... así deba ser.