Guild Wars 2 Base de datos

Manikaz ha centrado ya toda su atención en la piedra angular, cual cachorro contemplando con deseo un delicioso hueso. Le he pedido que trate de revitalizarla, con la esperanza de que resulte suficientemente poderosa como para abrir la puerta, y ha aceptado de buen grado el desafío. Lo veo de nuevo derrochando pasión, o tal vez se sienta alentado, y es posible que me excediera en mis críticas cuando pidió dejar intacta la aldea humana. Permitir que vivieran felizmente y permanecieran tan cerca de nuestro monumento a la victoria me parecía inadecuado, pero puedo admitir mi error. La aldea hará las veces de granja ahora, sangre que derramar sobre la nueva piedra. Y desde que llegó ese hombre, Saul —con esa mirada orgullosa e inconsciente—, ha liderado a sus habitantes para que nos entreguen ofrendas como quien deja alimentos en el altar a su dios. Somos sus dioses, y su devoción es un dulce néctar. A plena potencia, es posible que la piedra angular nos permita abrir la puerta, que hasta el momento se ha resistido con terquedad. Alimentamos la piedra con todo cuanto podemos y, por tanto, también la puerta, pero esta sigue negándose a ceder. Así es la magia antigua, peculiar en sus necesidades. Aunque, con todo, no nos queda más opción que continuar. Si funciona, podremos escapar a los vaticinios de la profecía.