Aclarar mi mente en ese lugar era como pescar una canica transparente en una cantimplora llena de agua. Tenía la mente nublada. Me dolía la cabeza. Al respirar me ardían los pulmones. Pude escuchar a Arina en la distancia, reuniendo a los otros miembros del Resguardo Astral que se habían visto arrastrados a este misterioso reino.
Mientras recorría aquel lugar tan desconocido y amenazador, me vi asaltado por una voz atronadora. Antes de poder darme ni cuenta, me encontraba ante un monstruo vil y enorme. Merodeó en torno a mí por unos instantes, claramente jugando con lo que se suponía que era su comida. Sentía curiosidad por mi llegada, subrayando que había "viajado desde Tyria" para llegar... al lugar que fuera aquel.
Mientras la inmensa bestia danzaba a mi alrededor, sin atisbo de miedo alguno, otra voz me punzó los oídos. Según ella, el demonio de alas gruesas se llamaba "Cerus". Ese tal Cerus no me gustaba nada.
No acostumbro a fiarme de voces misteriosas de origen desconocido, sobre todo después de lo sucedido en la Hondonada de Gyala, pero cuando esta me dijo que corriese, decidí hacerle caso. Sé admitir una derrota. Morir en ese lugar tan sangriento a manos de Cerus, con esas alas tan carnosas, no era una opción. Me escondí tras los cascotes y los escombros para escapar de mi perseguidor, pero, antes de entrar a valorar mi inminente muerte, una llamada del equipo de comunicaciones se hizo oír a través de la bruma y el caos. Sonaba a Taimi, pero tampoco lo tenía claro. En ese momento, se abrió otro portal justo delante de mí y allá que me fui, para escapar de aquel trágico agujero infernal.