(Este libro parece impreso de baratillo, sin identificadores de publicación oficiales. Por sus múltiples pliegues y dobleces, se diría que es bastante popular).
Krach Kazan cruzó el campo con unas cuantas zancadas para llegar hasta donde la emperatriz se encontraba amarrada a un árbol, sorteando sin dificultades los cadáveres de los bandidos a los que había dado muerte. Con un solo tajo, la liberó de sus ataduras. La mujer se abalanzó sobre él y se echó a llorar en su fornido pecho, envuelto en los colores de las grandes casas.
"Tienes la gratitud del imperio", sollozó. "Cualquier cosa que quieras, lo que sea, ¡tuya será!".
"Una sola cosa deseo", dijo él, separándose para poder mirarla a los ojos. "Y no es ni jade, ni joyas ni títulos de postín. Es que los hijos e hijas de Echovald despierten mañana y respiren libres. Sin libertad, nada más importa, porque un hombre libre posee lo más valioso del mundo: a sí mismo".