*Esta novela está dedicada a la difunta Eir Stegalkin, que tenía un corazón tan grande como sus piernas, generosos y perfectos los tres.*
_Capítulo 4_
La joven cazadora observaba a su maestra ir de acá para allá ante el fuego abrasador. Impaciente, ansiosa, sedienta de cerveza... y de amor.
Ante ella tenía a Eir Stegalkin: alta, vocinglera y más hermosa que el amanecer en la selva de Maguuma. Eir bajó la mirada hasta la chica y le susurró:
—¿Estás preparada para salir de caza?
—Lo estoy...
Pero las interrumpió una ráfaga de nieve y viento cuando las puertas de la heredad se abrieron de par en par.
—¿Así que de caza? —gruñó Borje, pero Eir respondió a su gruñido con otro:
—Atrás, Cazador del Sol. No te lo pienso repetir.
La joven cazadora se sofocó mientras observaba cómo se miraban aquellos dos guerreros, como dos lobos que compitiesen por una presa. Y tragó saliva.
Tal vez estaba sentada demasiado cerca del fuego.