Si tuviera que condensar
su vida
en un instante,
una mota flotante suspendida
en la galería del tiempo,
¿dónde la encontraría?
¿Sería
la imagen fija
de una niña jugando descalza
en un riachuelo,
lanzando al aire
lo que sostenía entre
las manos ahuecadas?
¿Vive entre
briznas de hierba seca y
hortensias arrancadas
que flotan en lo alto,
esperando caer
en la suave bocanada del verano?
¿O tal vez es
la exhalación del otoño,
que resuena entre las briosas hojas
que corretean por
un camino de tierra?
¿Está atrapada en una corriente ascendente
de cálidos rojos y marrones quemados
con un leve matiz de naranja?
¿Va flotando sobre
huellas de barro
como si sofocara
una llama tan frágil
que podrías dudar
de si está ahí?
Quizá.
Sin embargo,
no la reconozco
en los pulmones helados del invierno.
No en la forma indiferente como contiene
su gélido aliento
mucho más tiempo del que convendría.
Para mí,
no se parece
al lago congelado ni a
la nieve que baila sobre
la arena helada que se amontona
cual cenizas blancas
bajo una pira que se desvanece.
Me niego a verla en
la silueta de vida
inmovilizada contra
el vacío de la noche.
No, ella no es eso.
Creo en cambio
que ella puede ser
las primeras inhalaciones de la primavera,
obsequiando existencia con sus flores,
minúsculas, imperceptibles,
floreciendo como pequeños rayos de
lo divino.
La siento en los pétalos
de cada lila
que nace sagrada al amanecer.
Aquí, encuentro consuelo
observándola resucitada
a cada momento
como un ser perfecto,
perfecto en la forma en que
el último aliento del verano
es a veces
todo cuanto tenemos
para resistir hasta la primavera.