Fryst intentó congelarle el corazón, pero no pudo apagar el calor de sus mejillas.
Era un buen svanir, nunca puso en duda las enseñanzas de su chamán y siempre trató con frialdad a las mujeres, sabedor de que no eran dignas del Dragón.
Pero aquello fue antes de Brenna. Brenna, tan diestra con la espada y tan certera con las pullas. Qué sonrisa tenía.
Unas preguntas ardientes revelaron fisuras en unos ideales congelados largo tiempo. ¿Qué era aquella extraña sensación de deshielo que sentía en el estómago? ¿Acaso todo lo que le habían enseñado era mentira? Empezó a valorar que tal vez debería descansar.
Ahora yo también puedo dormir. Podemos soñar juntos bajo el hielo. Descansemos, aunque solo sea un momento. Rindámonos. Todos juntos dormiremos para siempre. Creo que voy a echarme.