Capítulo 57
La tormenta de la Marca que rugía en el exterior era un simple céfiro comparada con la tormenta que asolaba el corazón de Hubert.
La puerta se abrió de un golpe y aquella que lo atormentaba, aquella que había sido su amante, entró como un vendaval.
—Puede que el dragón haya cristalizado mi cuerpo —dijo su enamorada marcada de élite—, pero tú, Hubert... tú has cristalizado mi corazón.
—¿Y eso es bueno? —preguntó Hubert, a lo que ella respondió acercándosele. Duros ángulos tocaron la blanda carne en un beso largo, apasionado y sorprendentemente tierno. Y Hubert se percató de que quizá, y solo quizá, podría volver a amar.