Guild Wars 2 Base de datos

La aparición de Kalla Navajachamuscada dio esperanza a las oprimidas legiones charr, pero las promesas al viento no eran suficientes para poner fin a su sufrimiento. La Legión de la Llama era conocida por acabar con quienes se oponían a su dominio, y nuestros antepasados temían que ese acabaría siendo el destino de Kalla. Aunque luego supimos de su victoria en las Llanuras de Golghein, aquellos que luego se convertirían en los Olmakhan abrazaron la palabra de Kalla y eligieron rebelarse a su manera, huyendo de la sociedad charr que los oprimía con tanta crueldad. Los Olmakhan, que por aquel entonces eran una escuadra como cualquier otra, abandonaron nuestras tierras ancestrales; y los leales a la Legión de la Llama y los humanos intentaron destruirlos sin cuartel. Por fin libre de las estrictas normas de la Legión de la Llama, la escuadra que llegaría a ser los Olmakhan trajo unidad a hermanos y hermanas, que pudieron emplear la magia, enseñar y aprender sin temor. Esta magia nos permitió frenar a nuestros perseguidores y atravesar Ascalon. Nuestros antepasados siguieron las estribaciones orientales del macizo de las Picosescalofriantes en dirección sur, avanzando por terreno rocoso e inhóspito. Pero, cuanto más nos costaba avanzar, más les costaba seguirnos a nuestros enemigos. Claro está, la huida no fue fácil. Muchos formaban parte de la escuadra, jóvenes y viejos por igual. El avance fue lento durante muchos años, a través de un entorno traicionero. Y, al pasar de las gélidas Picosescalofriantes a las ardientes arenas del Desierto de Cristal, nuestra escuadra se enfrentó a algo nuevo e inesperado: ya no éramos un grupo de guerreros, éramos mucho más, una tribu. Allá donde un legionario daría órdenes, aquellos de más edad y experiencia daban consejo juntos. Nuestro consejo nació en el largo periplo de cinco años hasta nuestro nuevo hogar como fuente de leyes e instrucciones. Desde que nos hacemos llamar Olmakhan, nos ha regido un consejo de cinco ancianos. Viajamos al sur hasta llegar al mar, cuya superficie era un resplandeciente espejo que reflejaba unos cielos tranquilos, y supimos que era la señal de que nuestro largo viaje había tocado a su fin. Los Olmakhan viviríamos en ese lugar, en armonía con el mundo a nuestro alrededor, sin aspirar a dominarlo ni controlarlo. Y la naturaleza favoreció a nuestra gente y a nuestra gran obra.