Guild Wars 2 Base de datos

La Niebla es tan asombrosa como recuerdo de mi última incursión a través del velo. Inspiradora e inquietante a partes iguales, incluso para alguien de mi experiencia. Es imposible predecir qué horrores o tesoros aguardan al final de sus sendas astrales en constante cambio. Le he preguntado a Tirss si, en el improbable caso de que nos crucemos en Stellis Quor, tiene alguna idea de cómo su gente atravesó las vastas e impredecibles extensiones entre Tyria y el sitio del que procediera su gente. Es triste, pero no sería la primera vez que alguien me dedica un gesto de encoger los hombros con sus cuatro brazos, aunque tal vez fuera injusto abrumar su mente con tales reflexiones. Mi audaz camarada se dedica a la diplomacia y al entretenimiento, después de todo, no a nada parecido a un artificiero para su gente. Pero estoy divagando; lo cierto es que en mi actual viaje no puedo quejarme de falta de compañía estimulante. Hace poco pude descansar en un pequeño rincón alejado en mitad del caos, al amparo de un gran árbol de ramas retorcidas. La Floresta, con su extraña flora coronando un pequeño estanque cristalino que se antojaba infinitamente profundo. Naturalmente, comencé a hacer un boceto del entorno cuando sentí una discreta presencia en mi mente consciente. Me preguntó lo que estaba haciendo y decidí responder, con un ademán de mostrarle mi arte. En ese momento, se reveló una segunda presencia y al fin tuve claro que había recalado en una especie de retiro privado... o coto de caza. Juntas, estas dos figuras más bien pálidas e impactantes emergieron de detrás del tronco del árbol que rodeaba el claro en el que me encontraba. Nayosianos, demonios, al menos según me pareció. Uno era más pequeño y flotaba en el aire con sus apéndices tipo tentáculo retorciéndose continuamente y enroscándose bajo su torso. El otro, entretanto, se alzaba sobre mí, casi tan alto como para perforar con su cuerno el dosel protector que formaba la vegetación. Para mi sorpresa, el pequeño aceptó mi oferta mientras que el otro me observaba quieto, desde arriba. Tras una breve presentación, me pasé lo que me parecieron días explicando mi técnica, mi teoría del color e incluso mi interpretación; nunca había conocido a nadie tan fascinado por lo estético y las manualidades. La criatura de menor tamaño, Mosyn, sujetaba mis tizas con sus largas manos palmeadas haciendo resplandecer su piel opalescente en una tonalidad pareja, como si estuviese grabando a fuego cada tonalidad en su recuerdo, en su propio ser. Su camarada me dio las gracias por "prestarles los colores". Les expliqué que el acto de crear arte no pertenecía a nadie en particular, sino que era patrimonio de todos. Me puso una cara... como si hubiera visto asomar el sol por el horizonte por primera vez en su vida. Parecía ávido en su búsqueda de significado, del bienestar que parecía aportarle. Al final, me marché de allí perfectamente indemne, con la conciencia teñida de su gratitud. Sentía esa avidez perenne, el modo en que su mirada seguía siempre la mía, pero, incluso así, algo de nuestro intercambio los había saciado por el momento. ¿Es posible que los habitantes de Nayos tengan más que ofrecer de lo que nos han contado? Una reflexión para otro viaje, quizás.