Mi orgullo, mi aprendiz. Para ti, dejo mis instrucciones, mis deseos y mis palabras de afirmación. Hay pocos entre mis intendentes que puedan de verdad hilar la trama de la magia que fluye por este lugar, que posean el conocimiento de la creación que tú tienes. A lo mejor por eso he decidido impartiros a algunos de tus hermanos y a ti una chispa de pathos mortal. En parte para comprobar si era posible, pero también sabiendo que era imperativo para tu papel en la forja.
Ahora que se cierra este capítulo de mi vida, mi esperanza es que algún día llegues a apreciar el acto de creación y el valor de la congregación. Me he percatado de que es una carencia de muchos videntes, que tratan de llevar las cargas más nobles de nuestra elevada sociedad sobre sus solitarios hombros, convirtiéndose así en islas vivientes.
Destierra esas ideas de tu mente, aprendiz, pues te aseguro que, sea por acciones de los mortales o de las máquinas, no podemos construir el futuro solos. Apóyate en los demás intendentes, en futuros artificieros, y crea cosas que te llenen de la misma satisfacción que yo siento cuando te miro. Habrá momentos en los que flaquees, como nos pasa a todos, pero también aprenderás y crecerás y, si has seguido mi consejo, lo harás en buena compañía.
—Gardesano