¿Por qué, entonces, dejo estas páginas escritas detallando la expulsión de nuestro antiguo compatriota? ¿Por qué detallar la mismísima maldición que, si se hallara el modo de revertir el hechizo, anularía la transacción que tan cara está pagando Isgarren?
Lo cierto, mi querido lector, es que mi pueblo conoce la humildad. Nuestra sabiduría y nuestra orientación pueden caer en la falacia. Cuando la furia me cegaba sabía que era enteramente posible que, incluso en su exilio, Isgarren fuera capaz de imponerse a los numerosos peligros de este mundo y sobrevivirnos a todos. Por algo lo conozco mejor que nadie; hubo determinadas circunstancias en nuestra sociedad que podrían haberlo entronado como decano.
En tal caso, ¿de qué sirve hacer gala de buen juicio si todos acabamos convertidos en polvo?
Si estás leyendo esto y has decidido hacer causa común con él, tal vez debamos entonces afrontar la realidad de que su senda era finalmente la acertada. Si ha vivido lo suficiente como para inspirar a aquellos que se congregan en torno a él y convertirlos en sus aliados, si ha conseguido que sean sus amigos, que lo arriesguen todo en su nombre, y regresar a este lugar sagrado en busca de un modo de romper nuestra maldición..., a lo mejor se ha ganado a pulso su estatus.
Quienes llamáis amigo a Isgarren seréis realmente los que sellaréis su destino. Estas páginas deberían brindaros suficiente información para saber lo que hacer. Solo pido que decidáis con cabeza.