Más días fueron transcurriendo y nos hallamos envueltos en una espesa bruma mágica. A Sayida le costaba vislumbrar una ruta de avance segura, así que Isgarren se ofreció a destilar la magia que flotaba en el ambiente. De ese modo, yo podría ver a través de la bruma y ayudar a Sayida a dirigir la travesía con garantías.
Cuando superamos aquello, dejamos atrás embarcaciones cuyas tripulaciones habían sucumbido al desgaste —abandonando o estampándose contra las dentadas rocas oscurecidas en el camino. Vimos escombros de naufragios de la Inquisa y algunos muy anteriores. Habríamos acabado durmiendo con los peces de no ser por la ayuda de Isgarren para navegar. Incluso sufrimos el ataque de unos feroces crustáceos que lograron subir a bordo.
De pronto, un espantoso rugido surgió de algún lugar fuera de nuestro campo de visión. Antes de poder reaccionar, el estruendo de la madera astillándose lo invadió todo. Algo había golpeado el Martingala. Nos apresuramos a acudir al rescate de Canach, Rytlock y su tripulación, pero el barco hubo que darlo por perdido.
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