Entregar esta carta a la garra de la Guarida de la Cosecha.
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Te escribo con urgencia, Aliso. Por fin hemos desvelado el origen de la plaga y no te imaginas qué visión tan monstruosa. Un forastero se ha fusionado con una ciudad abandonada; una ciudad que, de algún modo, nos había pasado desapercibida todos estos años. Los vigilantes del cielo aseguran que estaba resguardada por algún tipo de protección que mantenía la ciudad oculta a simple vista.
El forastero se quedó cobijado en el interior de este conjuro protector y, como hemos presenciado con los demás, acabó adaptándose a su hábitat. Allí se quedó y pasó el tiempo. Creció y se consumió hasta convertirse en algo muy distinto a los tres a los que dimos caza en la borrascosa isla. Aunque parece petrificado por la roca, solo sus fauces ya podrían engullir toda la guarida de un solo bocado. El olor... es peor que el de un cadáver podrido; enfermizamente dulce y agrio. Es un hedor que lo invade todo alrededor.
Los vigilantes del cielo dicen que, para derrotarlo, debemos destruir sus órganos. Como el cuerpo es tan grande, simplemente no hay ventaja posible y, hasta que hayamos inutilizado sus órganos, seguirá regenerando su fuego vital. Admito que la brutalidad de semejante enfoque me supone un conflicto interno, pero no parece haber alternativa.
Mientras nosotros luchamos contra el cuerpo, el[f:"la"] hallacaminos está tratando de cerrar una nociva puerta en el corazón de la ciudad. Se trata de una puerta que alimenta al forastero, de algún modo, brindándole aún más poder. Alzo mi lanza, en todo caso.
Te animo a mantenerte firme allí en casa. Si la cosa acabara en catástrofe aquí, nuestro pueblo necesitaría a su líder.