No albergaba predicciones o expectativas respecto a Janthir, más allá de la leyenda y los escritos de Saul, pero las tormentas son feroces y el clima, despiadado. Me hace anhelar un gran fuego en la mansión, donde me traigan platos de carne en relucientes bandejas... Fantasías, por supuesto, pero debo permitirme soñar con algo dulce, por si la indulgencia no formara parte de mi nuevo estilo de vida. Qué pena me daría.
No sé bien qué encontró Saul en Janthir, pero los Ocultos hablaron con él aquí. Los dorados auténticos, no unos ídolos que escupen mentiras... Saul escribió acerca de tesoros, magia y armas. Lugares contemplados únicamente por aquellos lo suficientemente afortunados como para ser elegidos por nuestros verdaderos dioses. Si sigo su camino, quizá encontremos aquí la ventaja que se me debe. El rostro de la reina, surcado por la culpa mientras entrega su corona, es mi guía.
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Mi compañía es escasa: diez soldados y Valette. Esta última, desafortunadamente, está descontenta con la climatología. Sus expectativas de iluminación son románticas. Y eso no está mal; mantenerla entusiasta y motivada debe seguir siendo una prioridad en mis planes. Lo malo es que los otros la juzgan y eso no ayuda.
Me gusta que mis seguidores vengan cuando los llamo. Ulrich me cuenta que Xera está tensando su lealtad mientras yo "me escondo en las sombras", pero nadie tomará mi posición. Los que están conmigo aquí en Janthir ven esa verdad. Con suerte, nuestros descubrimientos confirmarán mi lugar en el camino dorado como confesor. Y con mis enemigos muertos.