El sol vuelve a apagarse. Cuando lo haga, mi cuarto se quedará a oscuras, y yo me quedaré aquí sentada mientras pueda aguantarlo.
En esa oscuridad, antaño me aguardaba un calmo vacío. Lo echo de menos. En ocasiones, oigo pasos arriba; miembros del Resguardo Astral apresurándose a sus puestos. Tal vez alguna risa al otro lado del pasillo. Mucho antes de que la torre se llenara de cadáveres, Vass se colaba sin que nadie se diese cuenta, con ganas de mostrarme algo nuevo. Algo puro. Pero ahora... Gritos. Llantos; llantos de los que te vuelven el estómago del revés. En mi mente se arremolinan fugaces imágenes de cuevas y cachorros muertos y hambruna. Frío. Frío como nunca lo he sentido... La clase de frío que Jormag invocaba, infinito y amargo. Me hace sentir una profunda soledad.
El polvo recubre esos recuerdos, si es que acaso son recuerdos. Tendrían que ser del pasado, de antes de que me sumergiese en las profundidades de la magia tyriana, cuando Isgarren me ascendió. No sé lo que veo, lo que huelo, lo que oigo, pero todo ello me atormenta igualmente. Todo ello me hace querer despojarme de mi pelaje y erigirme ante la luz implorando perdón... Aunque no sé ni por qué tendría que pedir perdón. Yo... Él...
No sé cuánto más aguantaré de esto. Dagda ve a través de mis ojos, en mi mismísima alma. Y la mirada de Isgarren... Le he decepcionado, y ni siquiera me he marchado aún. Pero creo que debo hacerlo.