Hacía demasiado que no volvía a Caledon a comprobar el estado del mercado. Desde el nacimiento de los sylvari, he monitorizado la zona lo más estrechamente que he podido sin interferir con la naturaleza. Pero... he sentido la necesidad de comprobar si se encuentran bien. Después de lo de Mordremoth, tenía que saber cómo les estaba yendo. Me parece cruel no haberme interesado antes.
No mostré mi rostro, tal y como le prometí a Isgarren (por si llegara a sus oídos), pero son de los pocos fuera del Resguardo Astral que conocen mi verdadero nombre. Saben quién soy, a pesar de presentarme con la cara de un charr de rostro especialmente amable. Y el grito de Ofilia cuando doblé el recodo del camino hizo que valiera la pena el aventurarme fuera de los confines de Amnytas.
Apenas nos sentamos unos instantes, viendo pasar a los viajeros. Myrtle nos preparó un té con albahaca fresca y un pequeño toque de suero de leche. ¡Nunca me canso de la cocina de Tyria! Estaban bien, al parecer. Las cosas en la Arboleda habían estado inquietas desde el alzamiento y la muerte de Mordremoth, pero estaban avanzando hacia la paz. Algunos sylvari habían abandonado la sombra del Árbol Pálido en busca de lo siguiente; otros habían perdido la fe, pero incluso la Corte de la Pesadilla se había calmado en los años subsiguientes. Menor número de ataques, al menos.
Relatamos nuestro primer encuentro, ese temible día. Muchos sylvari aún seguían al cálido abrigo de la Arboleda, pero Malbi sentía curiosidad por el mundo. Apenas con unos meses de edad y ya se contaba entre los escasos valientes que se atrevían no solo a aventurarse al mundo, sino a vivir más allá de los muros del santuario de su jardín. Aún no se había establecido el mercado, pero llamaba hogar a ese pequeño bulbo rojo.
Estaba volviendo de la selva cuando escuché su grito. Los krait habían hallado su pequeño santuario. Expulsé al enemigo y... Pobre Malbi; seguramente ella tampoco supiera qué hacer conmigo. Nunca había visto a un charr y el alto el fuego era aún reciente. Además, aunque había sido yo quien había creado esa identidad para transmitir la mayor calidez posible, tener a un gran felino delante era en todo caso intimidante para ella. Cuando la convencí de que no tenía nada que temer, se le iluminó la cara de alegría con esa misma curiosidad que atribuyo a todos los de su especie. Qué criaturas tan bellas y maravillosas.
Mi visita se vio interrumpida abruptamente cuando sentí la llamada de Isgarren en mi mente, pidiéndome que volviera a la torre del brujo. Les di a mis amigos un largo abrazo. Y luego me marché.
No tardaré tanto en volver a visitarlos.