Guild Wars 2 Base de datos

Volví a despertar en aquel lugar abyecto. La cabeza parecía que me iba a estallar de dolor mientras intenta orientarme. Isgarren estaba desplomado en el suelo, ahí cerca, moribundo pero aún aguantando vivo. La voz de Peitha resonó en mis oídos, pero mi atención se volvió hacia el demonio que teníamos delante: Cerus. Cerus se movía en torno a nosotros, burlándose mientras se iba acercando, del mismo modo en que la torpe bestia había tratado de matarme con anterioridad. Celebraba su inminente victoria: volvería a Nayos con el preciado botín de Eparch, Isgarren, y un premio para sí mismo. El[f:"La"] campeón[f:"campeona"] de un dragón anciano. El azote de Tyria. Le goteaba de las fauces saliva teñida de sangre, babeando de pura anticipación. La lucha había acabado. Mientras Cerus se regodeaba, Isgarren me llamó a su lado. Con las pocas fuerzas que le quedaban, lanzó sobre mí un encantamiento antes de que Cerus se diera ni cuenta. Sin embargo, ese derroche de energía dejó a Isgarren inconsciente. Con Isgarren incapacitado, la atención del demonio se volvió hacia mí. Esta vez, no dejaría que me escapase vivo[f:"viva"]. Luchamos ferozmente, pero no parecía una batalla ganable. Caí al suelo, con la amenaza de muerte de nuevo pendiendo sobre mi cabeza. Antes de que Cerus pudiese asestar el golpe final, una risita sarcástica perturbó su concentración. Sabía de quién de trataba antes de que apareciese de entre las sombras. Se me heló la sangre. ¿Era eso lo que Peitha quería, servirme en bandeja a su hermano? Ambos de burlaron de mí mientras bailaban, con Peitha maniobrando entre su hermano y yo. Durante un breve instante, tuve la certitud de que ella se preparaba para robarle la presa a su hermano. Una potente sensación de arrepentimiento invadió mi mente: debí de habérselo contado a Zojja. O a cualquiera. Pero ya era demasiado tarde. La cosa es que Peitha no me levantó la mano. En cuanto se posicionó entre nosotros, sacó a la luz la tiranía de Cerus y Eparch. Ya se había hartado de sus traiciones. De su desdén por su propia gente. Peitha me gruñó para que me pusiera en pie. Incluso con alguien de su categoría en mi bando, nos aguardaba un combate brutal. Mientras tratábamos de mantener a raya los golpes de Cerus, intercambiaron pullas verbales. Peitha había abandonado a su rey y yo me había metido de cabeza en una destructiva rivalidad entre hermanos. Por lo que pude dilucidar, Eparch había causado tanto daño a Nayos como Cerus y él a Tyria. La batalla prosiguió y, finalmente, logramos debilitar a Cerus lo suficiente como para que Peitha me pidiese asestar el golpe final. "No merecía soñar", rugió, y yo cercené la vida del cuerpo de su hermano. Isgarren despertó, pero no pareció espantado al ver a nuestra nueva "amiga". Supongo que es difícil desconcertar a alguien que ha vivido milenios y combatido a demonios tanto tiempo como él. ***