Cuando llegué al Bastión de lo Oscuro, encontré a R'tchikk y a Gladio aguardándome fuera. Zizel les había pedido que me guiaran. De manera similar a la corazonada que nos había guiado hasta este lugar, Gladio sentía una extraña presencia en el interior, pero no era capaz de identificar con exactitud qué nos esperaba.
Era... Mabon. Más exactamente, su esencia. Aunque estuviera muerto, yo no podía descartar por completo la posibilidad de que una magia más profunda estuviera en juego en ese enclave. Entramos, curiosos y ansiosos por afrontar lo que nos había atraído hasta allí.
El silencio reinaba en el bastión. R'tchikk lamentó cómo habían cambiado aquellos pasillos, en su día bulliciosos, mientras nos acercábamos a la sala principal, ahora invadida por una plomiza melancolía que pesaba en el aire y llenaba los pulmones. Gladio nos guio hacia delante, siguiendo un rastro que el resto de nosotros no éramos capaces de detectar. Nos enfrentamos a montones de kryptis mientras rebuscábamos entre escombros hasta dar finalmente con un... peculiar artefacto. Al recogerlo, tuve una visión. ¿O fue un recuerdo, quizá?
Reconocí la voz de Mabon de inmediato. Sonaba sepulcral y agotada, como si acabase de librar un combate interminable. Una segunda figura se cernía sobre él: Isgarren. Su nombre invadió mi mente al verlo por primera vez. Tenía a Mabon, que estaba presto a claudicar, inmovilizado en el suelo. Isgarren le provocaba, poniendo en duda su naturaleza mursaat, preguntándole por qué no contraatacaba. Pero Mabon no se inmutó. Estaba dispuesto a morir a manos de Isgarren.
R'tchikk y Gladio me sacaron de mi ensimismamiento para traerme de vuelta a la realidad antes de que pudiera ver el resultado. Los kryptis habían interrumpido aquel instante mágico. Tras despejar la zona, mis compañeros me preguntaron lo que había visto al coger el artefacto. Les conté lo que pude, que Isgarren y Mabon habían sido en su día enemigos, y deduje que, fuera de cuando fuese aquel recuerdo, sería probablemente anterior a la ascensión de Mabon. Sonaba más crudo. La vida no había sido amable con él hasta ese punto de su vida.
R'tchikk no parecía muy sorprendida, al vivir diariamente rodeada de magia arcaica. Partió con Gladio para informar a Zizel de lo que había visto. Yo dudé un instante, asimilando lo que acababa de presenciar. Hasta Peitha se percató de la creciente tensión que se respiraba; el aura de Isgarren va tomando fuerza a medida que nos acercamos al clímax de la guerra. Cuando hablamos, se dejaba entrever cierta brusquedad. Parecía preocupada. Con ese mismo ánimo, nos comunicó una segunda revelación: Cerus, esa descomunal bestia que me persiguió en Nayos, es su hermano. Quería desenfundar mi arma y atacarla, pero sabía lo poco que eso me reportaría contra mi... inquisitivo pasajero. Cerus me había rodeado, según ella, y llevaba persiguiéndome todo este tiempo, aguardando el momento de atacar.
Se acerca el momento de encontrar a Isgarren y plantar cara a Cerus. Cuando me reúna con mis amigos en Amnytas, trazaremos nuestro próximo plan.