Los Trovadores de los Árboles cantaron hasta sus últimos instantes: cuando las espadas les atravesaron el pecho, sus alientos finales brotaron con agudas y dolorosas notas. Luego las fuerzas del ministerio trajeron fuego, que envolvió el Árbol Eterno. No hacía falta: el árbol habría acabado muriendo de todos modos sin el sustento que le procuraba el canto de los Trovadores, pero el ministerio quería que sucediera lo antes posible, pues en cuanto el árbol empezó a arder, su juggernaut, que luchaba aún como podía contra las fuerzas ministeriales, se tambaleó. Cayó debilitado al suelo, y las cobardes tropas del ministerio se cebaron a espadazos con él, a pesar de que ya estaba convirtiéndose en ceniza junto a su Árbol Eterno. La refulgente luz azul de su pecho fue desvaneciéndose poco a poco hasta apagarse.
Y entonces el fuego se descontroló y todos huyeron, todos salvo yo. Me quedé allí, viendo cómo el Árbol Eterno y el juggernaut y los Trovadores de los Árboles ardían al unísono, tal como habían vivido, con sus fuerzas vitales fusionadas en una sola. Fue algo terrible. Terrible.