Kaijun se arrodilló ante los cadáveres. El ritual había concluido y todos los que le habían hecho daño en su día habían hallado una muerte implacable y ponzoñosa. Dejó el cuchillo en el suelo y cerró los ojos. Por primera vez desde aquel suceso de tantos años atrás, sonrió. Sonrió por la vida que había tenido, por las almas a las que había ayudado; pero aquella mujer ya no existía, pues había perecido tras años de tortura y crueldad.
Cuando se levantó del suelo, las estrellas la engulleron y enseguida ocupó un lugar en la tierra de los celestiales. En silencio.