_Capítulo 2_
Diah suspiró con anhelo. Cuántos habían pasado por la granja de Jeb a lo largo de los años, cultivado los cereales, pisoteado las sierpes y, luego, seguido su camino. La mayoría ni siquiera se habían detenido a hablar. Hacían que Diah se sintiese minúscula, irrelevante, una parada más en un largo viaje.
Pero aquel asura... ¿Rollek? Se presentó de inmediato y no dejó de sonreír. Y, mientras lo observaba realizar sus tareas, Diah podía notar cómo disfrutaba de los sencillos trabajos de la granja.
—Es fascinante, de lo más fascinante —murmuró él mientras atendía a uno de los bóvidos—. Sus reacciones implican un elevado nivel de inteligencia que no defiende ninguna de las hipótesis actuales...
Nadie les había dedicado nunca un cumplido a las vacas. Ni siquiera Jeb.
Hum. Igual a Rollek le apetecía un trozo del pastel delicioso de Diah...